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¿Los conflictos, oportunidades? ¡Odio los conflictos!

Este artículo apareció originalmente en el número de la primavera de 2001 de Lutheran Education, (Vol. 136, No. 3), y se reproduce con permiso.

por Ted Kober

La muerte de un ser querido, una discapacidad severa o una enfermedad seria, el nacimiento de un hijo, un casamiento, el retiro, recibir un nuevo llamado... Los cristianos reconocen fácilmente que ciertos sucesos son oportunidades excelentes para el ministerio. El conflicto suele ser otro incidente crítico donde las personas necesitan “el cuidado del Evangelio” y están especialmente abiertos al ministerio.

Cada vez que enseño sobre la pacificación bíblica, verifico los rostros del público en busca de reacciones a la enseñanza. Una vez no pude evitar notar a un hombre que parecía perturbado e inquieto durante todo el día. Finalmente nos encontramos durante un receso de la tarde. Chuck se presentó, y las lágrimas empezaron a brotar en sus ojos.

"Ted, ¡no sé cuánto más de esto podré soportar!”.

"¿Por qué, Chuck? ¿Dije algo que te molestó?”.

"No, no estoy molesto contigo. Lo que no quiero aceptar es que el conflicto es una oportunidad. Odio los conflictos, y los evito de todas las formas posibles. La pacificación bíblica me confronta con la forma en que he manejado mi ministerio como educador profesional durante 30 años. No creo que pueda hacer ese tipo de cambio a esta altura de mi vida”.

Chuck había servido como administrador en un sistema escolar cristiano, en los grados primarios. Temía los conflictos. Había experimentado los resultados de conflictos que habían terminado mal: padres gritando, niños peleándose a trompadas, miembros del consejo de la escuela haciendo juicio, maestros acusando, personal despedido y niños necesitados sacados de la escuela. Como creyente, Chuck deseaba manejar su escuela en paz. Después de todo, ¿no es eso lo que deberíamos espera en una escuela cristiana?

Chuck aprendió a simular la paz. “Niega los conflictos subyacentes y, con el tiempo, podrían sanarse. Remienda las cosas de la mejor forma posible, y el problema se irá. Suaviza las cosas cada vez que alguien viene a la oficina con una queja”. El problema con su metodología era que solía volvérsele en contra.

Recordé a Chuck que Dios había enviado a Jesús al mundo para recibir el pleno castigo por nuestros pecados. Dios perdonó a Chuck sus formas pecaminosas de enfrentar los conflictos. Lo alenté a confiar en Dios, a obedecer su Palabra para responder a los conflictos, y dejar los resultados en mano de Dios. Me agradeció por mi consejo, pero dudaba de que pudiera aplicarlo en su vida.

Un año más tarde, di otro seminario sobre pacificación en el pueblo de este hombre. Chuck volvió para una segunda dosis, pero esta vez trajo a otros con él: todos los maestros de su escuela y algunos miembros del consejo y padres de la escuela. Un par de maestros y miembros del consejo mostraron su gratitud por mi regreso para que pudieran experimentar el evento transformador de vida del que Chuck tanto hablaba. Un maestro lo expresó de la siguiente forma:

“Nos preguntábamos qué había pasado con nuestro administrador luego de que volvió del seminario. Es un hombre cambiado. El Chuck que conocíamos siempre evitaba los conflictos. Ahora los encara directamente, y usted no va a creer la diferencia que está haciendo en nuestra escuela”.

Chuck mismo compartió lo siguiente: “Todo mi ministerio ha cambiado. Todavía no me gustan los conflictos, pero he aprendido qué grandes oportunidades de ministerio brindan los conflictos”.

La forma de Dios de resolver conflictos: Cuatro principios

El conflicto puede ser definido como “una diferencia de opinión o propósito que frustra los objetivos o deseos de una persona”. Estas diferencias pueden ir de leves desacuerdos –como dónde ir para cenar– a controversias más serias que terminan en divorcio, juicio o hacen que alguien deje la profesión.

Los malentendidos, las diferencias de metas u objetivos, y la competencia por recursos limitados contribuyen, todos, a los conflictos. Sin embargo, la Biblia enseña que hay otra fuerza que inicia o exacerba nuestras rencillas. Santiago escribe: “¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos? Desean algo y no lo consiguen. Matan y sienten envidia, y no pueden obtener lo que quieren. Riñen y se hacen la guerra. No tienen, porque no piden. Y cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones” (Santiago 4:1-3).

¿Qué causa los conflictos? Mis deseos. Mis motivos erróneos. Servir mis pasiones personales. El pecado casi siempre incita nuestros conflictos. El pecado en sí mismo tal vez no detone la disputa, pero a dos pecadores en desacuerdo les resulta demasiado natural inflamar la contienda, defendiendo sus causas justas con pensamientos, palabras y acciones pecaminosos.

El pueblo de Dios debe reconocer el papel del pecado en los conflictos a fin de responder a ellos bíblicamente. Negar nuestro pecado es negar nuestra necesidad de Jesús, que vertió su sangre en la cruz por nosotros. El reconocimiento de nuestro pecado nos lleva al arrepentimiento y a la fe, donde la sanidad y la consolación se encuentran en el perdón de Dios. San Juan nos instruye: “Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad. Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:8, 9).

La verdadera pacificación está basada en el ministerio de la reconciliación: cuando aún éramos pecadores, Dios reconcilió al mundo consigo a través de su único hijo, Jesús (ver Romanos 5:8; 2 Corintios 5:11-21). Como hijos perdonados, demostramos nuestro amor para con nuestro Padre a través de nuestro ministerio de reconciliación unos con otros.

En su libro The Peacemaker: A Biblical Guide to Resolving Personal Conflict, Ken Sande (1997) resume lo que Dios enseña sobre la resolución de conflictos en cuatro principios:

  • Glorifica a Dios - ¿Cómo puedo agradar y honrar a Dios en esta situación, y cómo puedo testificar acerca de lo que Él ha hecho por mí a través de Cristo?
  • Saca la viga de tu propio ojo - ¿Cómo puedo haber contribuido a este conflicto y qué necesito hacer para resolverlo?
  • Hazle ver su falta - ¿Cómo puedo ayudar a otros a entender cómo han contribuido a este conflicto?
  • Ve y reconcíliate - ¿Cómo puedo demostrar perdón y alentar una solución razonable a este conflicto?

Glorifica a Dios

En conclusión, ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios. No hagan tropezar a nadie, ni a judíos, ni a gentiles ni a la iglesia de Dios. Hagan como yo, que procuro agradar a todos en todo. No busco mis propios intereses sino los de los demás, para que sean salvos. Imítenme a mí, como yo imito a Cristo. (1 Corintios 10:31-11:1).

Nuestra primera responsabilidad al manejar nuestros conflictos es glorificar a Dios. ¡Este es un pensamiento radical! Mi respuesta inicial a las disputas no suele ser: “¿Cómo puedo glorificar a Dios en esta situación?”. En cambio, suele motivarme la pregunta: “¿Cómo puedo lograr lo que quiero de esta situación?” (ver Santiago 4:1-3).

Glorificamos a Dios cuando nos tomamos el tiempo para recordar el papel de Dios en nuestros conflictos, y luego respondemos a esto de su forma. Mi enfoque egoísta suele suponer que la disputa es solo entre yo y mi oponente. Sin embargo, como cristianos, confesamos que Dios se sacrificó tremendamente al involucrarse en todos nuestros conflictos. Jesús murió por nuestro conflicto con Dios, y nuestras rencillas con otros suele involucrar el pecado. Por lo tanto, tenemos el privilegio y la responsabilidad de colocar nuestros conflictos en el contexto de la perspectiva de Dios sobre el tema. Los conflictos brindan tres oportunidades al hijo de Dios: glorificar a Dios, servir a otros, y llegar a ser más como Cristo.

El año pasado me encontré con un joven cuyo ejemplo ilustra este punto. Para cumplir con los requisitos de graduación durante su último año en una escuela secundaria pública, Chris se inscribió en un programa de trabajo y estudio en el gimnasio, para lograr unos créditos fáciles. El sistema de colaboración le exigía registrar su tiempo para ser aprobado por su maestro al finalizar el semestre.

Al principio, Chris completó las tareas requeridas y documentó su trabajo. Pero, con el tiempo, fue aflojando en sus responsabilidades. “Después de todo”, racionalizó, “mientras entregue un registro completado, lograré el crédito”. Cerca de la finalización del semestre, se dio cuenta de que había dejado de mantener su registro. Comenzó a completar los huecos con tareas inventadas, y luego se detuvo.

“¿Qué estás haciendo, Chris? Eres un hijo de Dios. Esto es una mentira. No puedo inventar cosas que no hice. ¿Y ahora qué? Si soy sincero, reprobará esta clase y tal vez me pierda la graduación. ¿Qué dirá mi maestro? ¿Y mis amigos? ¡O mis padres! Señor, he hecho un verdadero desastre; ayúdame a saber lo que debo hacer”.

Chris oró pidiendo la guía de Dios hasta el momento mismo en que se encontró con su maestro, el Sr. Thomas:

“Bueno, Chris, déjame ver su registro”.

“No puedo mostrárselo, Sr. Thomas”.

“¿Por qué no?”.

“Porque es una mentira”.

“¿¿Cómo??”

Chris miró fijamente al Sr. Thomas y le explicó que a menudo había faltado en su horario programado en el gimnasio y había intentado falsificar los registros para recibir el crédito. Pero, como era cristiano, se dio cuenta de su pecado y decidió ser sincero con él mismo y con su maestro. Chris confesó que no había cumplido con sus responsabilidades y merecía una “F”. El Sr. Thomas no podía creerlo.

“¿Por qué quieres decirme esto? ¡No entiendo!”.

“Se lo dije, Sr. Thomas, porque soy cristiano y, por lo que Jesús ha hecho por mí, no puedo vivir esta mentira. Déjeme contarle acerca de Jesús y lo que Él significa para mí”.

Chris entonces compartió el evangelio con su maestro. Una lágrima rodó por la mejilla del Sr. Thomas, y sacudió su cabeza.

“Nunca he conocido un estudiante como tú, Chris. Tu tarea está incompleta y mereces ser reprobado. Pero demuestras una integridad que excede a la que encontré en cualquier otro estudiante. Voy a aprobarte de todas formas”.

Si bien el Sr. Thomas no hizo ninguna profesión de fe, Chris entendió que su responsabilidad era hacer lo correcto ante Dios. La confesión de pecado de Chris también se convirtió en su oportunidad para compartir las buenas noticias de Jesús. Convirtió su propia lucha con el pecado en una oportunidad para glorificar a Dios, servir a otros y volverse más como Cristo.

Saca la viga de tu propio ojo

“¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano” (Mateo 7:5).

Los alumnos de octavo grado de la Sta. Johnson estaban estudiando la expedición de Lewis y Clark. En pequeños grupos, los estudiantes preparaban presentaciones para toda la escuela como proyectos finales para la serie. La creatividad fluía mientras los alumnos construían los decorados para apoyar sus representaciones. El conflicto surgió porque los artistas estaban construyendo sus creaciones en los pasillos de la escuela, donde sus voces entusiasmadas y actividades ruidosas perturbaban las demás clases en toda la escuela. La Sta. Johnson recibió quejas de los demás maestros y de su director.

Esta maestra podría haber justificado a su clase por sus buenas intenciones, su duro trabajo y su entusiasmo desenfrenado, y podría haber justificado la ofensa basándose en las fases de crecimiento de los adolescentes. Pero reconoció que la ofensa que su clase causó era una oportunidad para la pacificación y para enseñar. Confrontó a sus alumnos, elogiándolos por su compromiso enérgico con su trabajo, pero identificando cómo habían pecado contra otros maestros y alumnos.

Anteriormente durante el año, los maestros de los grados cuarto a octavo habían enseñado la pacificación bíblica a través de The Young Peacemaker (C. Sande, 1997). La Sta. Johnson usó esta oportunidad para revisar los cincos principios de la confesión:

Los cinco principios de la confesión

  • Reconozca su pecado – RECONÓZCALO. Soy yo. Rompí el vínculo de unión.
  • Discúlpese – DISCÚLPESE. No miento. Es mi culpa; lo siento.
  • Acepte las consecuencias - ACEPTE, de buena gana retendré la consecuencia que no olvidaré.
  • Pida perdón – PÍDALO antes de concluir. Perdón, lo que necesito de ti.
  • Altere sus opciones en el futuro – ALTERE ahora, de esta forma: “Dios, cambia mi corazón. Por favor, ¡ahora!”.

Sus estudiantes redactaron una confesión grupal. Con permiso de cada uno de los maestros, los alumnos de octavo grado entraron en cada aula y leyeron la confesión que habían preparado. La Sta. Johnson también confesó que no había logrado dirigir a sus estudiantes más cuidadosamente. Cada maestro y cada clase respondieron otorgándoles el perdón.

El director, los maestros, los asistentes de los maestros y los estudiantes, todos fueron bendecidos por la confesión de la clase de la Sta. Johnson y por el perdón compartido. Los alumnos y la maestra glorificaron a Dios, sirvieron a muchos adultos y niños, y llegaron a ser más como Cristo a través de esta oportunidad.

Hazle ver su falta

“Si tu hermano peca contra ti, ve a solas con él y hazle ver su falta. Si te hace caso, has ganado a tu hermano” (Mateo 18:15).

Confrontar amablemente suena como una contradicción. No obstante, nuestro Padre celestial nos confronta en amor, para amor, y nos exhorta a hacer lo propio. En vez de restaurar a nuestro prójimo amablemente (Gálatas 6:1), sin embargo, a veces nos resulta más fácil negar el conflicto completamente o hablar acerca de nuestros adversarios a alguna otra persona. Algunos cristianos argumentan que se guían por Mateo 18:15 cuando reprenden a sus adversarios en su propia cara. Confrontar a otros en amor para su propio bien raramente se hace correctamente, aun entre hijos de Dios.

Este era el caso en el conflicto sobre temas de la iglesia/escuela entre el pastor Stan y Susie, la presidenta del consejo de la escuela. Cada uno pecó contra el otro en reuniones públicas y en sesiones privadas. Susie murmuró contra el pastor, juzgando sus motivos en las elecciones de nominaciones y acusándolo (ante otros) de manipular fondos y personas. En tanto, el pastor Stan informó a quienes lo apoyaban que Susie estaba liderando una protesta contra él, minando su rol como pastor, y especialmente cuestionando su autoridad espiritual.

La relación iglesia/escuela se deterioró y las posiciones se polarizaron. El personal de la iglesia estaba enfrentado con los maestros, y ambos bandos se atrincheraron ante las batallas previstas. La adorada maestra de tercer grado fue reprendida públicamente por el Director de Educación Cristiana (DEC) frente a estudiantes de confirmación por el uso de un aula. Las tensiones escalaron cuando el director durante 25 años renunció por estrés. Los maestros se agruparon y exigieron que el DEC fuera despedido o harían huelga y no enseñarían en la escuela. El consejo de educación de la escuela pidió la renuncia del DEC, y él y su familia se fueron de la iglesia. Miembros de la iglesia leales al pastor y al DEC solicitaron una investigación inmediata y la renuncia de los miembros del consejo de educación. Los padres de los alumnos formaron su propio comité de acción e hicieron circular pedidos para que el pastor fuera removido. ¿Las demás bajas? Miembros de mucho tiempo dejaron la iglesia o se volvieron inactivos, y varios niños fueron transferidos a la escuela pública.

El pastor Stan y Susie no fueron los únicos pecadores en esta guerra. Pero, si estos dos líderes hubieran podido confrontarse en amor al inicio de la controversia, podrían haber ayudado a evitar las tragedias. Con estudio bíblico y oración, nuestro equipo de pacificación aleccionó al Pastor y a Susie para que se encontraran, se confrontaran, se arrepintieran, confesaran y se perdonaran. El pastor negó tener ninguna fricción seria con Susie y rechazó nuestro consejo. Susie resistió un consejo similar, pero finalmente accedió a abordar al pastor.

La primera reunión pareció estéril. El pastor negó toda responsabilidad en las escaramuzas, y Susie se sintió justificada en sus ansiedades de que no le haría caso a ella. Pero, en unos pocos días, las amables palabras de Susie comenzaron a debilitar las confiadas justificaciones del pastor. Él volvió a nuestro equipo pidiendo más consejo y se preparó para hacer una confesión. Ante la totalidad del personal de la iglesia, el personal de la escuela, los líderes laicos de la iglesia, el pastor Stan confesó sus palabras y acciones pecaminosas que contribuyeron al conflicto, incluyendo el darle poca importancia a la confrontación de Susie. Entre otras cosas, Susie perdonó públicamente a su pastor y confesó sus propios pecados de murmuración y difamación. Lágrimas de gozo y alivio ablandaron corazones endurecidos de los dos bandos, y el milagro de la reconciliación plantó semillas de paz que permanecen hoy, unos tres años después. La confrontación en amor brinda las oportunidades de glorificar a Dios, servir a otros, y llegar a ser más como Cristo.

Ve y reconcíliate

“Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda” (Mateo 5:24).

La pacificación no es pasiva, sino activa. Jesús dice: “Ve”, y no “Espera que la otra persona venga arrastrándose hacia ti”. La reconciliación exige que las partes en disputa se reúnan, y no que se quejen ante otros. Los cristianos pierden la gracia que viene de la confesión y el perdón mutuos al evitar a aquellas personas con las que deberían reconciliarse.

Pero las partes no son las únicas que sufren. Algo que a menudo pasamos por alto es cómo son afectados los espectadores por nuestras acciones. Piense en esto: cuando los cristianos pelean entre sí, al menos diez personas más observan. Si usted es un líder cristiano –como un maestro, un director, un pastor o un miembro del consejo– su público silencioso es mucho mayor.

Pregunte a cualquier maestro de un niño lo que él o ella aprenden del hogar del alumno. Los niños desarrollan agudas habilidades de observación, y en la escuela frecuentemente comparten lo que ven sobre el comportamiento de sus padres. Los maestros suelen saber más acerca del estilo de vida de una familia que lo que la familia misma está dispuesta a admitir.

Sin embargo, en una escuela que asistió un equipo de pacificación, los maestros actuaban como si los estudiantes apagaran sus capacidades de observación en la escuela. Los maestros estaban en conflicto, y se formaron tres bandos distintos. En vez de ir directamente a aquellos con quienes estaban en desacuerdo, los maestros murmuraban unos acerca de los otros. Algunos criticaban a la administración. Otros culpaban al consejo de la escuela. Durante los almuerzos, los recreos, y en reuniones rápidas en el pasillo, las flechas de acusación salían disparadas silenciosamente. Estos atacantes subrepticios se persuadieron de que su conducta secreta pasaba desapercibida.

En un retiro del personal, los pacificadores preguntaron a los maestros cómo sus alumnos interpretaban su murmuración y sus incriminaciones. La sala quedó en silencio. Nadie se había detenido a considerar lo que estaban aprendiendo los niños. ¿Qué han escuchado o visto los niños? ¿Acaso no había niños parados en las esquinas de los pasillos, sentados cerca de conversaciones durante los almuerzos, y jugando cerca de los maestros en los recreos? Luego de reflexionar, reconocieron que sus alumnos debían estar observando algunos de sus comportamientos pecaminosos. ¿Qué estaban informando a sus padres sobre las disputas del personal en la escuela? ¿Qué efectos estaban teniendo estos informes en los padres, muchos de los cuales eran líderes de la iglesia? ¿Qué estaban aprendiendo estas jóvenes y ávidas mentes de los ejemplos de sus maestros?

Esta confrontación llevó a un tiempo de reconciliación personal que la mayoría de estos educadores cristianos nunca habían experimentado. Aplicando las palabras de Jesús, las personas se acercaron unas a otras para confesar su pecado y perdonarse mutuamente. Al seguir reflexionando, se comprometieron a hacer de la pacificación una meta para el próximo año escolar, tanto en el plan de estudios del aula como brindando ejemplos vivos como personal cristiano. Dios está bendiciendo su pacificación al crecer la matrícula y fortalecerse sus amistades profesionales. La mayoría de ellos nunca apreciarán cuánto su fe viva está ayudando a formar las vidas de los futuros líderes.

“Ir” para ser reconciliado glorifica a Dios, sirve a otros, y nos conforma a la imagen del hijo de Dios.

Oportunidad para embajadores de reconciliación

“Todo esto proviene de Dios, quien por medio de Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación: esto es, que en Cristo, Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo, no tomándole en cuenta sus pecados y encargándonos a nosotros el mensaje de la reconciliación. Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros” (2 Corintios 5:18-20a).

Debido al pecado en los conflictos, tenemos un mensaje para las personas que disputan. A los embajadores de reconciliación se les ha encomendado el privilegio y la responsabilidad de traer consuelo a los afligidos por la culpa y el mensaje de arrepentimiento a los atrincherados en el pecado. Abundan las oportunidades con el nombre de conflictos en nuestras vidas personales y entre quienes servimos.

Chuck aprendió a vencer su temor a los conflictos cuando comenzó a verlos como oportunidades para el ministerio. Chris glorificó a Dios cuando confesó su pecado a su maestro y encontró la oportunidad de confesar su fe en Cristo. Los alumnos de octavo grado demostraron su fe en Cristo cuando aprovecharon la oportunidad para confesar sus pecados a otros alumnos y maestros. En otra oportunidad, un pastor y la presidenta del consejo de la escuela guiaron a muchos otros a la reconciliación cuando aplicaron métodos agradables a Dios para confrontarse mutuamente. Los maestros de una escuela reconocieron sus oportunidades personales para enseñar a alumnos siendo ejemplos de reconciliación entre ellos. Estos embajadores cristianos reconocieron que los conflictos con los que habían luchado eran oportunidades para el ministerio de reconciliación. Las partes y los testigos fueron todos consolados con el mensaje de perdón y la paz que sobrepasa todo entendimiento.

Contémonos la buena noticia de Jesús unos a otos, al confesar nuestros pecados y perdonarnos mutuamente como Dios, a través de Cristo, nos perdona a nosotros. Que Dios nos conceda su gracia para vivir nuestras vidas de forma tal que los cristianos y paganos por igual nos reconozcan como discípulos de Jesús.

[Jesús dijo:] “De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Juan 13:35).

Traducción: Alejandro Field

Referencias

Sande, C. (1997). The Young Peacemaker. 2nd ed. Wapwallopen, Pennsylvania: Shepherd Press, (Plan de estudio para el maestro y cuadernillos para alumnos disponibles.)
Sande, K. (1997). The Peacemaker: A biblical guide to resolving personal conflict. 2nd ed. Grand Rapids, MI: Baker Books.
Sande, K. & Kober, T. (1998). Guiding people through conflict. Billings, Montana: Peacemaker Ministries.
Sande, K. & Kober, T. (1998). Responding to conflict confessionally: A peacemaker Bible study for Lutherans. Billings, Montana: Peacemaker Ministries.

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